miércoles, 7 de febrero de 2024

Este es el currículum que quiero echar

 


Siento no querer dedicarme al sector sanitario —como auxiliar de enfermería— y sociosanitario. En definitiva, he sido un buscavidas y no le he hecho ascos a otros empleos que podía desempeñar, como en limpieza; en concreto, en saneamiento. Eso no resta que haya perdido mi vocación por ayudar a personas dependientes, que, al fin y al cabo, fue para lo que me formé en lo académico.

Pero, como el amor y los propios sentimientos, llega un punto en el que uno no manda en lo pasional. Lo siento, pero quiero trabajar en lo que me gusta. Cambiando un pañal o aseando al usuario lo hago con la profesionalidad para la que me preparé, pero siento que no me sienta realizado; no sea a lo que quiera dedicarme. Espero que haya sido una etapa que me ha aportado muchísimo —cómo no viniendo de una persona dependiente que lucha contra sus bazas y con ello te enseña— hasta como autor. Ahí está la inspiración en lo que escribo; ya le dediqué una entrada en el blog.

Puede parecer que esto es un capricho relativamente reciente. En la reflexión del pasado domingo ya dije que no empecé a escribir ayer. Veinticinco años ya. Y dibujando desde que tengo uso de razón. Mis padres conservan —o eso espero— mis dibujos de cuando estaba en preescolar. Aprovecho para enseñaros el diploma del único concurso que he ganado en mis 35 años de vida. Fue un concurso de dibujo en el colegio, en 1º de primaria. En el diploma pone «participación», pero porque era genérico para los compañeros que participaron. Como para no olvidar ese momento en el que me eligió un jurado ganador por un dibujo del que recuerdo mucho azul, mucho cielo y sin salirme. Pero es que incluso recuerdo de la guarde el darnos las notas y destacar en Dibujo y Colores; también una bronca de mi madre porque me pusieron «regular» en Lenguaje. De la escultura y mi pasión innata con la plastilina y la arcilla ya hablamos otro día.

Este ha sido el único concurso que he ganado en mi vida. Desde este verano me estoy moviendo más, también concursando en certámenes y sorteos, pero hasta ahora no he sido agraciado... ni con el reintegro de la lotería. Luego que si me río de mí mismo. Si es que la vida me lo pone a huevo.

 

Con esto os digo que esta es mi vida desde pequeño. Como hobby todo era de color de rosa. Lo que hacía, y creo que mantengo esa consideración, lo hacía para mí y porque era lo que me gustaba; sin más interés que enseñarlo y que me dijeron «¡qué bonito!».Eso cuando pintaba donde debía. ¡Cómo no!, yo era de los que pintaban en las paredes. Pero parece que a mi madre le gustó que ilustrara, y con dos añitos que tenía, el libro Tratamiento natural de las enfermedades infantiles del Dr. H. M. Stellmann, que precisamente consultaba cuando me ponía malo. 

Ya con dos años, en el 91, expresaba lo que veía. Como veis, esto dibujaba después de una tarde en la antigua estación de Córdoba.

Ya veis que, al menos, respetaba el texto.

Mi madre lo firmó por mí. Ya veis que llevo dibujando desde que tengo uso de razón. Este es el libro ilustrado por mí que conservo, pero no fue el único, claro.


Este lo recuerdo sobre finales de los 90 o principios del 2000, cuando el Cristo de la Agonía de Córdoba salía de una ermita en el monte. Desde siempre, igual con la escritura, expreso lo que veo.

También he de comprender que llevo tiempo promocionándome en redes (meses) pero me da la sensación de que esto no termina de arrancar y no puedo avanzar como ya me gustaría. Ya traté estos temas con mayor profundidad aquí y aquí, respecto a trabajar de lo que nos gusta; alcanzar estas metas. Intento ir al grano que ya me conocéis cuando caigo en divagaciones.

Empezando por anteanoche que tuve una pesadilla en la que estaba en la casa de Lebrija y se aparecía un niño que quería jugar conmigo. Pero enseguida me aterroricé porque, aparte de la mera aparición, supe que tenía delante un demonio que se me presentaba en la forma de niño. Traté de esconderme en las habitaciones, creí perderlo de vista hasta que me encontré con mi Boby. Se le encendieron los ojos rojos y también se le iluminaban los orificios del hocico. Salí de la casa, mi perro, ahora demoníaco, no dejaba de mirarme como el depredador que espera el momento para atacar. En un momento dado el demonio abandonó el cuerpo y se me presentó. Lo más aterrador, y así lo sentí en la consciencia del mismo sueño, fue que vi a… (no voy a nombrarlo), el que aparece en la película de El Exorcista creo que en la cocina con aspecto humano. Aquí llegó el clímax que hace que te despiertes. Me desperté en mitad de la madrugada, pero no quería ni abrir los ojos. Tenía miedo de volver a dormirme y regresar a la pesadilla. Volví a caer y esta vez soñé que empezaba a trabajar en un restaurante que era un chalet varias plantas, una de ellas dedicada íntegra a la cocina. Todo parecía normal de no ser porque estaba encantado. Procuraba centrarme en el trabajo en la cocina, pero sentía que los espíritus me llamaban; es más, los percibía como meras presencias. Ya estaba al límite y me ausenté como si fuera al baño. Pero salí por una ventana, trepé por la fachada hasta la planta de arriba que estaba abandonada y ahí se concentraba toda esa energía. Me asomé, no vi nada fuera de lo normal, pero percibía que los espíritus que me llamaban me esperaban. Pero ya me desperté.

Cuento esto porque parece ser que las pesadillas responden a nuestros demonios interiores; cuando no paramos de dar vueltas a ese tema que nos preocupa. Al día siguiente (ayer martes), seguí. Este tema va en aumento. Odio verlo de este modo, pero si quiero trabajar de esto, tengo que obtener beneficios. Mientras tanto, y comparándome con la inmensa mayoría que tienen trabajos normales y duros, me siento un nini. Con mi entorno cercano lo hablo mucho cuando me aconsejan que busque de lo mío, al menos, mientras tanto. Soy consciente de que estoy construyendo castillos en el aire e incluso tengo pajaritos en la cabeza. Ahí se presenta el primer dilema. Lo que sí os digo es que llevo ya un tiempo (unos añitos) tomándomelo como un trabajo. Por ejemplo, con la escritura, más cuando estoy escribiendo un libro como fue el de En el nombre de Arcadia o este último, La Navidad de los ambulantes, procuro mantener la constancia hasta el punto de considerar mis sesiones de escritura como una jornada laboral más. Los detalles hablan por sí mismos. Me di cuenta cuando había días en los que me apetecía, pero me obligaba. Algunos días me los tomaba de descanso y me sentía fatal. Yo mismo me decía que todo el mundo el no tiene las mismas ganas de ir a trabajar todos los días, pero nadie dice: «hoy paso de ir a trabajar. No me apetece». Y hablo yo de trabajo. Por eso digo en broma lo de «un trabajo normal». Comprendo que todo el mundo que madruga, se parte el lomo, gana una miseria para hacer frente a todo lo que bien sabemos, esto son castillos en el aire y pajaritos en la cabeza. Ahí está esa batalla interna. A veces me llego a preguntar: ¿estoy haciendo algo con mi vida? O quizás este es el comienzo y está resultando difícil; tampoco me esperaba que fuera fácil. Esa es la mayor baza, a las que se le añaden las que desarrollé en esas entradas que enlazo más arriba. Resumiendo, estoy muy maniatado (amordazado, no tanto, porque gracias a Dios me puedo expresar. Aunque siempre con mucho tiento). Ya me gustaría vender por mi cuenta; tanto los libros como los dibujos. Cuando voy por las zonas más turísticas de mi ciudad y veo esas mesas con láminas para la venta me da envidia de la sana. Y si no de manera presencial, en nuestro tiempo tenemos la ventaja de internet. Ni siquiera puedo organizar un crowdfunding. Hasta podría monetizar los blogs, aunque, alcanzando unos requisitos con un mínimo de seguidores y visualizaciones. Pero me daría de boca contra el mismo muro. Se nos explica aquí.

De esto hablo a menudo con mi entorno cercano. Me dicen que por un poco de dinero que recibas tampoco es que te vaya a venir el FBI a casa. Ya sabemos que la ley no permite ni un euro. Es mejor no arriesgarse. De la única manera en la que puedo percibir es mediante las regalías. Entre muchas formas, autopublicando en Amazon porque los autores en ese caso no manejamos IVA sino la propia tienda, por lo que no tenemos que declararlo, pero sí toda regalía que percibamos. Con el servicio de distribución que ofrece una editorial, pues lo mismo. No tendría ningún problema en darme de alta; de hecho, es lo que me gustaría. Además, así me profesionalizaría desde el momento en el que señale la casilla del epígrafe para escritores y artistas del modelo tal. Tarde o temprano, quiera o no, tendré que dar ese paso. Y aquí hay algo que se añade a mis temores y es que la Administración tiene en cuenta si escribo o dibujo como hobby —y además lo compagino con otro trabajo— o si me quiero dedicar a ello, con lo que se consideraría como actividad económica y me tendría que dar de alta; aunque los beneficios sean 0. Y aquí está el detalle. Hablando en plata, si gano 0 tengo que soltar 300 pavos de cuota al mes; y eso el mínimo. Sí, ya sé lo de la tarifa plana, que los gastos desgravan y, lo primordial, que cotizas. Ya me gustaría. En mi opinión, consideraría más justo el que la cuota fuera proporcional al cómputo de beneficios y gastos. Esto me recuerda a una escena de Los Simpsons en la que dice Homer: «¿Cuánto es el % 0? ¡Y no me diga que 0!». Para la Administración sí que el %0 es un valor mucho mayor. 

Ya no digo que te quede para sacarte un sueldecillo, sino el hecho de algún mes o varios no ganar nada. De hecho, eso es común en ilustradores o escritores profesionales en el ámbito periodístico. Supondría ponerlo de tu bolsillo, y si es que tienes para pagar la cuota. Todo esto reflejo en lo que escribo. De hecho, el segundo de la trilogía de Arcadia arranca con esta problemática.

Y retorno a mis libros. La Navidad de los ambulantes, aparte de que lo escribí porque quise y disfruto con lo que hago, supuso una prueba. Tanteé cuánto tardaba en escribir una novelita corta, dedicándole tanto al día y, según el número de palabras/páginas, qué beneficios podría obtener. Y aquí otra problemática. Bueno, me lo tomo con humor. Anoche mismo consulté los informes y seguía la única venta; además en e-book. En concepto de regalías me gano 32 cents. Pero lo gracioso fue comprobar que aún no lo ha leído. Para los que no lo sepan, en estos informes de la editorial de Amazon (KDP) aparece hasta las páginas leídas en e-book.Pero bueno, tomándolo con optimismo, lo que no se lee hoy ya se leerá mañana. Además comprendo que vivimos en la cultura de la inmediatez/impaciencia.

Lo que no me voy a quedar es quieto. Ya por cabezonería. Volvemos a lo mismo: aún sin ganas, acudes religiosamente a tu trabajo. Empecé hace una semanilla o cosa así algo ambientado esta vez en el mundo de Arcadia. No me gusta verlo de esta forma, pero si da para otra novelita corta la publico en Amazon y me dará beneficios o me pasará como con los Ambulantes. Pero como no conseguiré nada es quedándome de brazos cruzados. Ahí está: sin saber procuro seguir adelante. Ni siquiera tengo un mínimo de opiniones/reseñas (más efectivas con detección de fallos que para mí pasan desapercibidos) para saber si es aceptable o no lo que escribo. Yo sigo pa’lante. Ahí aparece otra cuestión: entiendo que esto es proporcional a la cantidad de gente que me conoce como autor. Por lo pronto depende de que hagamos trabajar a los algoritmos para que lo que publico en redes le aparezca a más gente; mejor incluso compartir para que llegue a más. Así se empieza a emprender. Con tienda o un bar ocurre lo mismo. «Boutique Mary». Traerá género de primerísima calidad, los mejores tejidos, alta costura… pero quién va a entrar si nadie conoce ni la tienda ni mucho menos el género. Y encima como esté escondida en un callejón. Y yo porque no tengo esos gastos, pero Mary tiene que pagar módulos, luz, local, facturar y a los proveedores. Ya conté estas Navidades algo que se vio en una mercería de Cádiz que pedía difusión porque ya iba a cerrar. La gente compartió y a los días subieron una foto, ya no con la tienda llena, sino con la gente haciendo cola. Con esto os digo que sin vosotros no hay nada: ya sea bar, Boutique Mary, «me ofrezco a cuidar mayores o niños», libros o cuadros/láminas/pinturas. Por vuestra parte, también tenéis talentos y os gustaría trabajar en lo que os gusta, si no lo hacéis ya. En todo caso, luchad por vuestros objetivos y espero que los demás os echen esa mano tan imprescindible.

Voy a procurar ir terminando. Empezaba con estas dos pesadillas, y consecutivas, para después de haberos soltado esta chapa contaros otro sueño curioso. Quizá tenga esa interpretación de los sueños, por eso lo he contado en detalle con el añadido de lo que me preocupa. Esta noche indagué por internet algo que odio como es «literatura de mercado», por si escribo esa novelita que me dé beneficios sobre un tema que venda en detrimento de lo que me gusta. Tengo varias historias planificadas para lo que salga llegado el momento. Entre estas un caramelito que reservo. Llegué a plantearme anoche empezarlo ya. Pero, por otra parte, y me odio por esto, tiempo que me lleve, tiempo que sigo sin percibir nada. Y contando que no me pase lo mismo que con La Navidad de los ambulantes.

Después de rayarme un día más, es normal que esto se refleje en los sueños, como pasó con las pesadillas de la anterior. Anoche soñé que estaba en mi habitación, tenía desparramados por el suelo los juguetes de mi infancia que conservo de recuerdo. Evidentemente tenía que recogerlos, pero con todo lo que os he soltado estaba bloqueado. Me agobiaba más y más. Creo que hasta de las orejas me salía vapor a presión, como en los dibujos, hasta que reventé y me lie a patadas con la cama. Al poco desperté y después ese arrebato, aunque fuera en sueños, me hizo reflexionar. Creo que la interpretación del sueño es evidente.

Gracias por leerme.

domingo, 21 de enero de 2024

Reseña de "Immaturi: Los inocentes" de Javier Pérez Campos

 


Vaticiné que me lo bebería, puesto que me encantaría, y así ha sido. Es difícil reseñarlo porque me he encontrado con un libro muy grande; y no me ha influenciado mi admiración hacia su autor, Javier Pérez Campos, a quien al igual que sus compañeros de la Nave del Misterio sigo desde Milenio 3. Y cuando pasión que sentimos hacia el mundo del misterio es lo que nos une, con más interés se lee; lo que no significa —de hecho, recomiendo— que también lo disfruten aquellos más ajenos a este mundo de lo etéreo. Algo difícil, en mi opinión, pues quién no ha sentido curiosidad por esa eterna pregunta: ¿hay vida después de la vida? 

Tras esta introducción, comenzaré con lo que me ha trasmitido a grandes rasgos. Immaturi: los Inocentes pertenece al género de ensayo y, en este caso, nos encontramos con las crónicas del periodista Javier Pérez Campos junto a sus compañeros y amigos como Luis Uriarte, Aldo Linares, Clara Tahoces y su gran amiga, quien aporta muchísimo a este libro, Israel J. Espino. Me recodó a un libro que no solo me gustó, sino que me marcó, como es Ébano del corresponsal de guerra en África, Ryszard Kapuscinski. Cuando vemos un reportaje, como en el caso del autor y su equipo en Cuarto Milenio, no imaginamos lo que ocurre fuera de cámara. Su trabajo de periodismo bien podría compararse con las aventuras de Indiana Jones; y no exagero tras lo que conocí gracias al libro. Recuerdo que hace poco Iker Jiménez dijo que era perfeccionista para traernos estos reportajes de calidad; que si un colaborador tenía que estar a las tres de la mañana en el puto kilométrico de tal carretera porque allí se apareció la chica de la curva o avistaron un ovni, tenía que ser así. En Immaturi, su autor nos deja entrever que el horario de un periodista no se limita de lunes a viernes de 8 a 2. Es por ello por lo que el que nos hable de la conciliación familiar, cobra un significado. Siempre que puede, dedica tiempo a su esposa, Celia, y a jugar con sus mellizos Mario y Chloe, pero después va a su despacho y se pone a investigar en el ordenador; cuando no recibe un correo de Israel porque ha dado con información o una llamada de Luis Uriarte para que se coja el coche y viaje al punto kilométrico 386 de la N-5… en plena madrugada. 

En dicho capítulo, se amplia la investigación que ya realizara Iker Jiménez para su libro La noche del miedo. Además, el tema se trató en los distintos espacios comandados por el capitán de la Nave del Misterio. Por supuesto, en este capítulo se hace referencia al libro hermano.

 

Ya que menciono a sus hijos, de hecho, el libro comienza con el nacimiento de sus hijos y con ello, ese primer contacto que tuvo con el mundo de los niños; por lo que, dado el sentimiento de paternidad, empatizó con aquellos niños, aquellos inocentes que se fueron antes de hora. Esa sensibilidad se refleja cuando ves el respeto con el que se trata a los difuntos que protagonizan los casos. También me llamó la atención ciertas casualidades. Al igual que haríamos todo ser racional, tratamos de dar una causa que la ciencia pueda explicar, aunque en el fondo sabemos que no es tanta casualidad ese 622. Nos es familiar cuando se ondean las cortinas atribuirlo a una corriente de aire, pero miramos a la ventana y la encontramos cerrada. Este aspecto también se entrevé en el libro: el autor no verifica ni desmienta nada; máxime cuando tratamos temas de misterio. Muestra y deja que el lector formule sus teorías. Enlazo esto con una frase que escuché del compañero Javier Sierra cuando presentó su libro, La ruta prohibida, en Milenio 3: «Yo no pretendo enseñar nada, tan solo comparto el fruto de mis investigaciones y, con ello, invito a los lectores a que sigan investigando». Es algo que se aprecia en su tocayo, compañero, y autor de la presente obra.

Desde el principio ya te atrapa. Como decía este ensayo recoge una serie de crónicas de su trabajo como periodista, pero, la diferencia está en que lo narra de forma novelada. El autor hace uso desde los propios diálogos y figuras literarias. Además, utiliza el «muestra, no cuentes»; la regla de oro de todo escritor de ficción. Con ello se consigue que te sumerjas en las historias, hasta el punto de sentir a tu lado la compañía de Javier, Aldo, Luis, Clara e Israel (perdón por los que me deje en el tintero). Se te eriza el vello cuando te imaginas a esa aparición o esa puerta que se abre sola, y eso contado por los testigos. Por eso este ensayo/antología de relatos te engancha desde la primera página; primeras páginas que comienza con un prólogo escrito por Aldo Linares.

Podría que decir que hasta aquí la reseña para los que quieran quedarse con estos rasgos generales. Los que somos lectores acérrimos, siempre que nos interese, cuanto más leamos mejor, ¿no es así? Ahora sí que entramos en detalle, aunque como aperitivo para abriros boca (más bien, para que se os haga la boca agua, como fue mi caso hasta que leí este libro). 

Sirva esta plana para mostrar este libro ilustrado. Como veis, reúne una colección de fotografías a todo color, además de en blanco y negro repartidas en sus respectivos capítulos; todo ello junto a documentos y, lo más innovador, códigos QR que enlazan a diverso material; lo que aporta a la experiencia mayor inmersividad, ergo nos hace partícipes, pues no nos limitamos a leer un libro.

 

 

Aoroi

En la primera parte, dedicada a los muertos sin hora, me llamó la atención el primer caso por familiaridad respecto a una experiencia personal. Es habitual que en ciertos lugares ocurran fenómenos paranormales porque se construyeron sobre cementerios o necrópolis romanas, como es este caso y el paralelismo con esta experiencia. Como vemos en el libro, para que una leyenda surja (más bien resurja) hay que dar testimonio que empiezan por esa puerta que se abre o a la aparición de un niño que viste una túnica de época de romana; después llegan las catas arqueológicas y descubren los restos óseos dentro de sarcófagos. Mientras leía esta parte, me sentí identificado porque, sabiendo de la existencia de una necrópolis romana y un cementerio árabe a pocos metros hacia el norte bajo los antiguos terrenos de Renfe en Córdoba, tuve una serie de sueños (o pesadillas, según se mire) en torno a la antigua estación. En uno de ellos, entraba al edificio, bajaba unas escaleras y en el sótano estaban las tumbas abiertas con los restos semienterrados. Una voz de alguien de aquella época romana, según lo sentí, me dijo: «Ayúdanos, los demonios nos atrapan». Como decía, mientras leía esta parte, viendo en el libro que un caso comienza por el aviso de un testimonio o la aparición de un artículo en prensa, pensaba: «tengo que contárselo a Javier Pérez Campos».

Otra familiaridad la encontré en el Parador de Mérida. Recuerdo el reportaje en Cuarto Milenio; pero más espeluznante es leerlo en este libro. Tendré para siempre grabado en la retina es el hijo de Daniel y Helen, el director y su mujer, viendo salir del baño a ese niño fantasmal que se aproximaba a su cama para mojarle los pies. Y el paralelismo es por el de mi ciudad, pues al igual que el de Mérida, se construyó sobre los terrenos de lo que fuera un convento. En el caso de Córdoba, fue el de San Francisco de la Arruzafa y, no hay que decir que hay empleados que también bajan con recelo al sótano —más a ciertas horas de la noche— o entre todas las habitaciones hay una en especial. En el libro también se hace referencia a El Resplandor de Stephen King, a la mítica escena en la que Daniel Torrance corre con su triciclo y entra en esa habitación prohibida: la 217.

Ocurrió algo curioso (esas casualidades) tras el programa de Cuarto Milenio en el que se emitió el reportaje del Parador de Mérida, y fue que las reservas se dispararon. También se menciona en el libro que hay cierto turismo del misterio; hay gente que espera presenciar fenómenos paranormales en la habitación en la que se aloja. De hecho, en el blog de la web de Paradores encontramos un artículo en el que presentan sus fantasmas como un atractivo más. Os digo que, si tuviera dineros, ya me gustaría dormir en una de esas habitaciones malditas.  

 

Imbunche

El Parador de Mérida cierra la primera parte de las cinco en las que se divide la obra; cada una dedicada a los tipos de niños (muertos o vivos) que se clasifican según peculiaridades. Dentro de los imbunche tenemos a los zouhris del folclore árabe: niños a los que se les atribuían poderes o cualquier otra propiedad mágica. De esta leyenda nacen figuras como el hombre del saco, el sacamantecas o sacaúntos para los gallegos. Como decía, el autor no cuenta, sino que muestra, y en esta ocasión toma el caso de Lola Daviet, una niña parisina de doce años que salió del colegio, pero nunca llegó a casa. No os desvelaré lo que ocurrió, sino que os animo a leerlo en el libro. Todo humano que tenemos una pizca de sensibilidad, nos estremecemos ante casos como el de Lola.

El siguiente caso, de similar naturaleza, también me estremeció. No diré nada más que la aparición de tres esqueletos de niños que aparecieron en Minas del Horcajo (Ciudad Real), y limítrofe con mi provincia. Una vez más, el alma pura de un niño fue ofrecida en sacrificio al innombrable; como en aquellos aquelarres de Zugarramurdi que bien inmortalizó Goya. Una vez más, niños fueron asesinados por manos (o más bien mentes) perturbadas. Más que en el propio Diablo y sus demonios, ahí está el verdadero misterio.

 

Immaturi

Empezaba esta reseña con el significado de aquellos que dan nombre al título de esta obra. Como en las partes anteriores, ameritan la suya. Y de aquí me sobrecogió el caso de Antonia Valverde. Aquí vemos que el terror no siempre se da en un cementerio nebuloso bajo la luna llena (como en el caso anterior a este en el parvulario del cementerio de La Almudena), en un monasterio, en un castillo o en un abandono. Un cotidiano y simple supermercado. Hay un lema entre los apasionados al mundo del misterio, más en los expertos en lo paranormal, que dice: «Hay que temerles más a los vivos que a los muertos». Y esto enlaza con el respeto y el sentimiento siempre presente en el autor. No leí esta historia como una de terror; no me erizó el vello por la aparición del fantasma, porque los artículos salieran despedidos de los lineales y la puerta de la cámara frigorífica, aun cerrada bajo llave, se abriera sola y en plena madrugada. Me hizo sentir un escalofrío y mucha pena la historia de Antonia Valverde y sus dos compañeras: Candela Sudón y Ascensión Gijón. Salían del colegio de Las Josefinas en Mérida. La particularidad, estaba en la fecha: 23 de diciembre de 1936 (vaya fecha). Permitidme una de esas frases que a cualquier ser humano le marcan, y más cuando lo relata una niña; una inocente: «A las 12:30 la explosión de una de las bombas mató a mis tres mejores amigas».

Pero también en la adversidad, incluso en situaciones límites como en una guerra, también reluce lo mejor del ser humano. Andrés Valverde era médico y la noticia de la masacre en la que su hija fue una de las víctimas, le sobrevino en una operación. Una vez más refuerzo en el autor el muestra, no cuentes; lo que hace que empatices hasta el punto de sentir el dolor de ese padre; un dolor que supo ahogar, como veréis con este fragmento del libro, aunque aquí os muestro los diálogo en estilo directo:

«Preguntó si realmente estaba muerta. Se lo confirmaron y dijo a sus ayudantes:

—¿Cuántos enfermos quedan por operar?

—Veinticinco —contestó uno de ellos.

—Pues sigamos. Llevad a mi hija a casa, acostarla en su camita y ahora iré a darle el último beso”.

Sin palabras, ¿verdad? Esa entereza, ese sentido de la profesionalidad cuando otro padre se habría derrumbado, le valió ser reconocido como un héroe.

Se tiene la idea, principalmente de aquellos más escépticos, de que las investigaciones paranormales se realizan para encontrar evidencias de la existencia de vida más allá de la muerte; o en otros planetas, en el caso de la ufología. En los casos que aquí y en otros muchos documentos sobre investigaciones vemos que se procede por otros motivos más cotidianos que jugar con fantasmas. En este caso, como en la mayoría, contaron con el sensitivo Aldo Linares. Nunca le anticipan detalle alguno, ni siquiera si han llegado al lugar a investigar. Pero no hace falta. Aldo supo que ese supermercado era el sitio y, al momento, describió a Antonio Valverde. ¿Pero qué quiero decir con esto? Aldo, una vez más, aportó detalles difíciles de localizar entre el vasto legado histórico; el documental en los archivos, por ejemplo. A veces ni siquiera quedó constatado. La sorpresa se la llevan cuando contrastan la información dada por los espíritus, con sensitivos como Aldo como mediador, y comprueban es veraz. Así ocurrió una vez más con Antonia Valverde y su muerte en el llamado «Guernica extremeño».

 

No quisiera extenderme mucho más. De hecho, me saltaré El Principito que, además, el propio autor explicó este último capítulo que pone broche de oro a una gran obra. No obstante, si os interesa, os dejo el enlace a la mega reseña (como esta) que le dediqué apenas me lo leí. Pero el auténtico broche es el epílogo y reflexión final que titulo Todo es ahora. Nos duele la muerte de todo semejante, pero más la de un niño. Siempre decimos de «tenía una vida por delante». Es incomprensible por antinatural. Los que somos fans de El Señor de los Anillos, se nos viene a la mente esa imagen de Theoden frente al túmulo de su hijo, pronunciado ese mítico: «Ningún padre debería enterrar a sus hijos». El actor, Bernard Hill, quiso incluirla en el guion porque le marcó cuando la escuchó de una madre que acababa de perder a su hija en un atentado en Irlanda del Norte. Como dijo el propio actor para justificar su inclusión en el guion: «Tengo que compartir esto con la gente». 


 

Y para ir cerrando me guardo lo que me hizo pensar mientras leía las últimas páginas de Immaturi: Los inocentes. Precisamente comienza con una de esas casualidades y, casualmente, ocurrió con Cuarto Milenio y aquí tenéis el reportaje en cuestión. Tenía la antena fastidiada, me perdí algunos domingos por la noche el programa. En una ocasión, la antena dio señal y trataban en la mesa de análisis el caso de la quema del Libro de los Espíritus de Allan Kardec, como uno de los últimos actos de la Inquisición. Y a mí que me fascina este mundo, supe de este libro y quise comprarlo. Y he aquí la casualidad que terminó el espacio dedicado a Kardec y se fue la señal. Parece que dio justo para que conociera este libro y lo leyera. Poco después también me encantó El evangelio según el espiritismo. La obra de Kardec, hasta ahora leída, me marcó como a Iker lo hicieron los libros de Comunion y El gran libros de los ovnis.

Pues bien, más allá de las mesas giratorias y la mediumnidad, los espíritus dan repuestas a preguntas y entre ellas se encuentra las relacionadas con los niños. En Immaturi se dice que a los ángeles se les representa como a niños, y es porque se cree que la magnificencia de un ángel solo puede radicar en la inocencia de un niño. Decía que me saltaba El Principito, pero precisamente a esto se refiere y ese es el mensaje que trasmite dicha novela de Antoine de Saint-Exupéry: si quieres elevarte, debes mantener la inocencia de un niño. 

No podía faltar esta simbólica foto.

 

Los adultos nos complicamos la vida hasta extremos absurdos; por eso vale mucho más la inocencia de, valga la redundancia, los inocentes. ¿Y por qué un niño muere incluso apenas nace o a los pocos años de vida? Según los espíritus mediante la corriente espirita porque representan una prueba para sus padres; por doloroso que nos parezca y por mucho que nos cueste entenderlo —siempre desde el punto de vista de los espíritus, claro—, porque es mediante el sufrimiento de esas pruebas como purificamos nuestras almas hasta lograr una pureza, una elevación, similar a la de los niños. ¿Entendemos ahora la entereza el médico Andrés Valverde y porqué fue admirado? Pero hay otra respuestas más. Según el espiritismo, venimos a la vida a aprender mediante pruebas más dolosas o menos en función de la purificación de nuestra alma. Pero no os abrumaré con detalles. El espiritismo compara la vida con la cárcel. Pero ojo, en amar nuestra existencia, con sus más y sus menos, está el mérito. Los niños se van a deshora porque su alma ya es tan pura que no tienen por qué permanecer mucho tiempo en nuestro mundo, que es de expiación y, como decía, el motivo puede ser una prueba para los demás. Hasta aquí lo importante respectos a los niños. Necesitaría varias vidas para hablar de todo lo que nos enseña el espiritismo. Dicho sea de paso, leed los libros y espero que no os estalle la cabeza después, como me ocurrió a mí.

Coincido con Javier en su final, y creo que todos, al fin y al cabo. Nos atrae la cultura en torno a la muerte, a los que vienen de ese Más Allá, lloramos, e incluso honramos, la pérdida de aquellos que, a deshora o no, para nosotros nunca debieron marcharse. Está bien mirar hacia la muerte, hacia el horizonte, pero no olvidemos que merece nuestra atención el ahora. Estemos menos a gusto o más con nuestras vidas, el mérito es apreciarla; en especial, si se asemeja a esa cárcel que nos habla el espiritismo. Da igual lo que tengamos mañana, lo importante es lo que tenemos ahora. Haz lo que tengas que hacer y procura seguir el camino recto. Si en un momento dado, o siempre, te sientes infantil (que yo veo a veces dibujos animados), no te preocupes; eso es lo sano; es porque tu alma es pura. Según el espiritismo, en esa balanza de la justicia divina, pensarán lo bueno y lo malo; pero también daremos cuenta de lo que no hemos hecho.

Gracias por leerme.